Los Cronopolios

Luis Panini


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Sinopsis:

Tras la caída del Instituto de Estudios Horológicos Avanzados, Cr∞n∞s está sumido en una oscuridad aplastante que parece no tener fin. Habitantes de siglos y lugares distintos coexisten en un Presente de Simultaneidad Indeterminada que desafía toda lógica; docenas o cientos de versiones anteriores y futuras de una misma persona pueden llegar a convivir en esta cruel realidad.

Lucas, Margo y Dante sobreviven de manera clandestina en un nuevo Cronopolio donde la luz del sol es apenas un recuerdo agonizante. En esta última travesía, los tres buscarán la ayuda de seres con poderes impensables para tratar de restaurar el Orden Natural de los Acontecimientos y, al mismo tiempo, evitarán ser aprehendidos por un ejército de cronófagos despiadados.

Los Cronopolios III. La noche infinita mantendrá a los lectores al borde de la emoción en cada página, hasta un sorprendente desenlace donde un último y gran sacrificio será inevitable.

(A continuación te invitamos a leer el primer capítulo de la novela).


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En el principio fue la lejana oscuridad. Y de esa oscuridad inescrutable, que todo a su paso devoraba con insaciable ímpetu, se desprendían atmósferas pesadas, casi irrespirables de tan funestas, cuyo lento avance confirmaba el inicio de tiempos terribles, porque en aquella tiniebla cualquier asomo de luz resultaba impensable. Incluso la más delgada hebra luminosa no encontraría cabida dentro de esa muralla negra que pronto establecería el dominio ilimitado del nuevo Cronopolio. La temida noche infinita había llegado y los habitantes de Cr∞n∞s lo sabían. 

Sobre su balsa de maderos podridos y frágiles, Tannator, la figura encapuchada de aspecto cadavérico, remaba con un solo brazo sobre las Aguas de la Desmemoria. Tenía la esperanza de llegar a Principia, la Ciudad Origen, para refugiarse de la oscuridad amenazante en algún edificio abandonado, pues sabía que los moradores de aquella isla en forma de espiral jamás le brindarían posada. 

Aquella masa oscura que desdibujaba toda posibilidad de horizonte continuó ganando terreno. Las aguas oceánicas comenzaron a encresparse, como si la sombra proyectada sobre ellas acarreara fuerzas invisibles que traían consigo discordia y nada más. Los habitantes de la isla corrieron a sus viviendas. Las madres tomaron de los brazos a sus hijos para interrumpir los juegos y enseguida resguardarlos de aquella nebulosa preocupante. 

Cuando por fin la oscuridad logró envolver a la isla entera, después de que cada centímetro de luz había cedido su territorio ante la implacable conquista de la negrura, Tannator, sin haber conseguido llegar a la costa o a uno de los tantos muelles de Principia, golpeó dos veces la balsa con su remo para que se hundiera. La silueta encapuchada desapareció por completo de la superficie. Lo último que sus cuencas vacías contemplaron antes de sumergirse fue la cima de la Torre del Tiempo, desde donde las Tejedoras divisaban el futuro más desesperanzador. 

Las siluetas de cada una aparecieron recortadas en las aberturas del pináculo de planta pentagonal que coronaba la torre, a través de las cuales se desbordaba el manto del tiempo que tejían incesantemente. Contemplaron en absoluto silencio esa oscuridad que ahora, sabían, lo definiría todo. Ellas mismas habían registrado en horas recientes las catástrofes que cambiarían para siempre el Orden Natural de los Acontecimientos. 

Se alejaron de las aberturas, intercambiaron miradas en las cuales se adivinaba una tristeza infinita y comenzaron a desvestirse. Lentamente se deshicieron de las togas que llevaban anudadas sobre los hombros y alrededor de la cintura, y se retiraron la joyería que adornaba sus cuerpos. Tan pronto se libraron de las sandalias, cada una de ellas dio un paso dentro de unas palanganas dispuestas en hilera, en las cuales reposaban algunos centímetros de agua tibia. Por medio de toallas, esponjas y un poco de jabón lavaron sus propios cuerpos con suma delicadeza mientras rememoraban eventos destacables de sus vidas. Al terminar de limpiar sus cuerpos, se ayudaron unas a otras a desenredarse los cabellos, deshaciendo cada uno de sus nudos mediante peines confeccionados con materiales tan arcaicos como ellas mismas. Una vez más decoraron sus cuerpos desnudos con las joyas y, con la ayuda de tijeras, recortaron las secciones más recientes que nacían de un rollo de tela milenario del cual se ramificaban cinco porciones donde cada una había bordado los últimos eventos que narraban el azaroso porvenir y el paulatino deterioro del Cronoverso. Esos retazos hicieron las veces de atavíos con los que se vistieron. Intercambiaron sonrisas, abrazos y besos en las mejillas antes de regresar a las cinco aberturas que perforaban el pináculo de la Torre del Tiempo y, sin pronunciar una sola palabra de despedida, las Tejedoras se arrojaron al vacío. 

En el vestíbulo de la torre, los horólogos en turno desatendieron sus estaciones de trabajo cuando oyeron el estruendo que el impacto de los cuerpos, ahora irreconocibles, había provocado sobre el suelo de piedra. Asistidos con lámparas de mano y cirios encendidos buscaron el origen del estrépito. Negociaron la espesa oscuridad durante varios segundos hasta que encontraron los cadáveres. 

Airavana, Govinda, Narendra, Sovandra y Waspiria estaban muertas. 

La horda de cronófagos que descendió sobre la Torre del Tiempo no se hizo esperar. Era la primera vez que pisaban tierra sobre la Ciudad Origen, por lo que la mayor parte de sus moradores desconocía la naturaleza perversa de estos seres. Quienes se negaron a buscar refugio en sus viviendas, motivados por la curiosidad, resultaron ser las primeras víctimas del ataque. El horror paralizó a más de uno al sentir los colmillos afilados de sus agresores, sobre todo porque no comprendían lo que estaba ocurriendo debido a la oscuridad imperante. Muy pronto los lamentos y alaridos derivados de aquella agonía, que ni siquiera parecían escapar de gargantas humanas, salpicaron la negrura permanente.

La masacre se prolongó durante varios minutos. Con cada mordida, los cronófagos ganaban más fuerza. El vigor encapsulado en la sangre consumida los hacía rejuvenecer. Los horólogos que laboraban en el vestíbulo de la torre cerraron de inmediato el acceso principal para evitar la entrada del enemigo. Las lámparas de aceite y velas que cargaban eran sus únicas fuentes de luz. Los gritos de las víctimas fuera de la torre cesaron por completo. El silencio resultó más aterrador. Todo parecía haber vuelto a la calma, pero los horólogos sabían que los cronófagos no eran seres capaces de mostrar la menor compasión. Incluso si lograban saturarse con la sangre de sus víctimas, su apetito de violencia no disminuiría. 

Primero los sacudió un golpe sordo, como si un cronófago hubiera colisionado accidentalmente contra la puerta debido a la oscuridad. Después el mismo sonido se repitió un par de veces. La frecuencia de los golpes que siguieron logró angustiar a los amurallados, aunque confiaban en el aguante de las puertas. Los centinelas del tiempo acudieron al vestíbulo y asumieron posiciones de ataque. De pronto, los golpes se detuvieron. Los reunidos intercambiaron miradas y susurros después de varios segundos de silencio. ¿Comprendían ahora los cronófagos que cualquier intento de derribar las puertas de la Torre del Tiempo sería inútil? En los rostros que delataban angustia poco a poco fueron apareciendo sonrisas discretas, suspiros de alivio. 

Bastó un golpe más para hacer añicos ambas puertas. Una multitud de cronófagos entró volando con la potencia de una ráfaga y enseguida comenzó una segunda oleada de ataques contra los moradores de Principia. Una por una las lámparas de mano y las velas fueron extinguiéndose hasta que los gritos de auxilio y los lamentos salpicaron una vez más la oscuridad. Aunque lo intentaron, la reacción de los centinelas del tiempo no fue ni certera ni veloz para doblegar al ejército de cronófagos que los dejó hechos pedazos en cuestión de segundos. 

—Llévame hacia ellos —dijo una figura de talla imponente después de levantar a un horólogo lastimado. 

El horólogo obedeció sin cuestionar la orden y lo guio, cojeando, hacia una entrada de aspecto ceremonial, custodiada por media docena de centinelas del tiempo, que segundos después quedaron convertidos en cadáveres. 

En el interior del Tribunal de los Cronistas sólo era posible distinguir nueve rostros iluminados con las flamas de nueve velas; nueve rostros que parecían flotar en aquella negrura impenetrable. 

El cronófago de altura temible esbozó un cronograma de líneas complejas sobre un muro y al terminar de trazar la última línea el espacio se iluminó, como si un sol pequeño hubiera encontrado cabida en el espacio. 

Los nueve Cronistas de Principia se encontraban sentados detrás de una mesa semicircular. Cada uno de ellos trató de fingir calma cuando reconocieron al ser de gran estatura. Si bien era cierto que nunca lo habían visto, también lo era que su descripción física formaba parte de la cultura popular porque se encontraba impresa en volúmenes sobre fábulas y supersticiones, además de cientos de tratados sobre tiempos oscuros y catastróficos que habían manchado la historia del Cronoverso. Su aspecto era legendario. Nécronos Malamentus no podía ser confundido con ningún otro ser. Su figura espigada y de andar enfermizo contrastaba con la crueldad y la fortaleza que lo caracterizaban. Volvió a tomar del cuello a Bruno Verus, el horólogo que lo había guiado hasta el tribunal y, mediante un par de mordidas profundas, le separó la cabeza del cuerpo para luego lanzarla contra Éxigus Pársifal, el líder de los Cronistas, quien ocupaba el asiento central de la mesa. La cabeza se estrelló contra el muro posterior cuando Éxigus se hizo a un lado para esquivarla. Lamentó la muerte de su colega. No sólo había sido uno de los horólogos más destacados de la Torre del Tiempo, sino también un gran amigo, uno a quien le tenía demasiado afecto. 

—Sabemos por qué has venido —dijo el Cronista. 

—Ya veo —respondió Nécronos Malamentus—. Tú y yo, Éxigus, no necesitamos de introducciones o explicaciones que nos hagan perder el tiempo. Nuestra reputación e intenciones nos preceden. 

—¿Y por qué no nos asesinas de una buena vez? Para eso estás aquí. 

—Todo a su debido tiempo, Éxigus. Me sorprende que un hombre como tú se rinda tan fácilmente. 

—Soy capaz de reconocer una causa perdida cuando la veo. 

—«Una causa perdida». —Malamentus sonrió—. Al parecer, eres un hombre de pocas palabras, pero son las correctas. Y ahora te encuentras frente a mí, después de toda una vida dedicada a la preservación de la democracia en Cr∞n∞s. ¿De qué sirvió? No fue más que una antesala para mi Cronopolio. —La sonrisa de Malamentus se esfumó. Sus docenas de colmillos sucios desaparecieron detrás de unos labios delgados y púrpuras que destacaban en su semblante casi albino de tan pálido—. La única razón por la que siguen vivos es porque hasta este momento resultan indispensables para el establecimiento absoluto de mi Edad Oscura. 

—Ahora entiendo —reflexionó Pársifal—. Ni tú mismo lograste anticipar lo que ocurriría al fusionar Alŧernia con Cr∞n∞s. Supusiste que la realidad de la primera gobernaría sobre la segunda, que la realidad de Cr∞n∞s quedaría inmediatamente obsoleta. Y ahora te enfrentas con un Presente de Simultaneidad Indeterminada, la más terrible de las paradojas. 

—Necesito que influyan en la labor de las Tejedoras del Tiempo —dijo Malamentus entre dientes, seriamente irritado. 

Éxigus Pársifal se levantó de su silla y permaneció de pie detrás de ella. Sus carcajadas retumbaron en el Tribunal de los Cronistas. Sus ocho colegas se unieron al coro de risas desafiantes algunos segundos después. 

—Llegaste demasiado tarde —respondió Éxigus Pársifal una vez que dejó de reír—. ¿Acaso no encontraste sus cadáveres al llegar? 

Los colmillos de Malamentus reaparecieron en señal de amenaza. De su túnica negra extrajo una especie de espiral metálica y afilada que lanzó hacia el Cronista sentado a la izquierda de los demás y cuya trayectoria curvilínea siguió perfectamente la posición de los demás Cronistas sentados detrás de la mesa semicircular. Los hombres dejaron de reír. El eco de sus carcajadas no tardó en desaparecer. De sus labios separados no emergió una sola palabra, aunque intentaron pronunciar más de una para manifestar su horror. Comenzaron a parpadear incesantemente. 

Una por una, las cabezas de los ocho Cronistas que seguían sentados cayeron al suelo. El gesto de espanto en ellas fue el común denominador. Éxigus Pársifal tragó saliva al darse cuenta de que sus colegas aún estaban conscientes. 

Nécronos Malamentus contempló el semblante descompuesto de Éxigus Pársifal, ahora el único Cronista de Principia, mientras intentaba procesar lo ocurrido. Los cuerpos de sus colegas decapitados continuaban en la misma posición, algunos cruzados de brazos, otros con las manos sobre la mesa. De todos brotaban manantiales de sangre que no tardaron en saturar sus vestimentas, para después crear pequeños riachuelos cuyo cauce alcanzó las cabezas desperdigadas sobre el suelo.