Los Cronopolios

Luis Panini


Las Espirales del Tiempo título recto50.png

Sinopsis:

Ha transcurrido un año desde que Lucas Arcos, Margo 39 y Dante Aquapantanus –estudiantes del Instituto de Estudios Horológicos Avanzados– evitaron la creación de un Cronopolio Oscuro. Sin embargo, la batalla por romper el equilibrio del tiempo no ha llegado a su fin: el descubrimiento de un mecanismo capaz de entrelazar la realidad de Cr∞n∞s con la de un lugar siniestro amenaza con destruir el mundo al que ahora llaman hogar.

Una vez más, la valentía de estos tres amigos les permitirá enfrentar las adversidades para evitar que la Penumbra y su ejército de cronófagos desalmados destruyan lo que más aprecian. En La oscuridad paralela volverás a sumergirte en esta fantasía en la que perderás la noción del tiempo, serás testigo de la fuerza de la amistad y del poder que tiene la bondad ante la vileza y la oscuridad que se aproximan.

(A continuación te invitamos a leer el primer capítulo de la novela).



La residencia estaba pintada de color negro. Cada ladrillo de sus muros: negro. Cada teja de sus techos: negra. Sus puertas, maceteros, canaletas para el desagüe y chimenea también eran del mismo color. Incluso los cristales de las ventanas se encontraban recubiertos con una gruesa capa de pintura negra. Ni el peatón más curioso podía vislumbrar un solo mueble o adorno desde el exterior de aquella vivienda ubicada en el Distrito XVII.

     Una anciana se asomó por la puerta principal y miró hacia ambos lados antes de atreverse a salir. Cuando nada le pareció sospechoso, tomó de la mano a un joven y se internó con él en una noche demasiado oscura, casi tanto como aquella casa de la que habían salido.

     Durante varios minutos recorrieron una serie de callejuelas empedradas hasta que llegaron a una de tantas entradas laterales de un edificio de aspecto abandonado. La mujer miró hacia ambos lados antes de ingresar al inmueble para asegurarse de que nadie los había seguido. Descendieron hacia el sótano del lugar a través de una escalera estrecha y empinada; su madera carcomida, a punto de desbaratarse.

     La mujer abofeteó al joven cuando se negó a colocarse en el interior esférico de un aparato creado por una docena de aros metálicos que encapsulaban un par de asientos de piel desgastada. De su bolso extrajo un recipiente lleno de leche y un chocolate que enseguida le ofreció para sosegar sus nervios.

     —¿Será doloroso? —preguntó el joven cronópata, casi llorando.

     —No sentirás nada. Lo prometo —dijo la mujer y sacó otro recipiente de su bolso, aunque este se encontraba lleno de una sustancia oscura y espesa, parecida al petróleo crudo, que bebió de un trago y sin vacilar. Su sabor repugnante la obligó a sacar la lengua.

     Un par de minutos después de beber la leche y comer el chocolate el joven comenzó a sentirse mareado y somnoliento. Los párpados le pesaron. Su ritmo cardiaco perdió velocidad.

     La anciana aseguró una serie de correas que lo mantuvieron sujeto a una de las dos sillas. En cada brazo le encajó una aguja unida a un tubo de hule cuyo extremo opuesto estaba rematado con otra aguja. Después hizo lo mismo con sus propios brazos. El joven cronópata y la anciana quedaron unidos mediante dos líneas intravenosas. El torrente sanguíneo de ambos comenzó a mezclarse, los latidos de sus corazones se sincronizaron. El cutis de la mujer rejuveneció lentamente. En el rostro del chico aparecieron arrugas.

     Ella accionó un pequeño dispositivo que hizo girar los aros metálicos, que desprendieron chispas debido a la fricción causada cuando sus circunferencias rozaron unas con otras. El movimiento de aquellos fierros viejos y oxidados provocó un ruido casi melódico al principio, pero más tarde adquirió la estridencia de un ferrocarril viajando a toda velocidad. La rapidez con la que los aros se desplazaban incrementó hasta producir un resplandor que culminó cuando la esfera de luz y sus dos ocupantes terminaron envueltos en llamas. Los gritos ensordecedores espantaron a los vecinos de la residencia, quienes alertaron a una cuadrilla de bomberos cuando gran parte del edificio ya había sucumbido ante la ferocidad de las llamas.

     El fuego se propagó en cuestión de segundos e incineró domicilios y comercios aledaños a la propiedad. Les tomó varias horas erradicarlo. Cuando la humedad consiguió apagar las últimas brasas, los bomberos entraron al edificio y en su sótano encontraron un par de cadáveres calcinados más allá del reconocimiento y enjaulados tras una serie de aros metálicos. Ni siquiera los médicos forenses más astutos lograrían identificar a los muertos. Uno de los bomberos alargó una mano hacia uno de los esqueletos carbonizados, pero los huesos de ambos se convirtieron en cenizas antes de que pudiera tocarlos.

     El bombero salió del edificio abandonado. Comenzó a deshacerse de las prendas de su uniforme en cuanto dobló una esquina. Dejó tirados su casco, sus botas y sus guantes en varias callejuelas. Antes de entrar a casa, limpió su rostro con un pañuelo para deshacerse del hollín impregnado en su cutis. Besó a su esposa, abrazó a sus hijos. Descendió al sótano, donde tenía acumulados cientos de objetos inservibles. Aseguró la puerta con una estaca para que nadie lo sorprendiera ahí y eligió un artilugio cuyo aspecto sofisticado contrastaba con los otros objetos de apariencia arcaica, aunque adecuada para el Distrito en que residía. Presionó uno de sus botones y giró sus engranes hasta ajustar el diámetro de una pequeña abertura en el centro por la cual escapó un haz luminoso que se ensanchó lo suficiente para que el rostro de un viejo se manifestara a manera de holograma.

      —Desaparecieron dos más, profesor Orologgio —susurró el centinela del tiempo—. Es la tercera vez que sucede en este Distrito en lo que va de la semana.

      —He recibido noticias similares de otros Distritos —respondió el profesor—. No podemos permitir que estos sucesos continúen, porque entonces no podremos detener al enemigo. Si estas desapariciones indican lo que sospecho, nos esperan tiempos muy oscuros. —El centinela tragó saliva cuando el profesor hizo una pausa—. Notifica de inmediato a los demás centinelas situados en tu Distrito sobre lo que ocurre. Regresen al instituto lo antes posible. Abandonen sus hogares. Despídanse de sus familias. Lo siento. Que el espíritu de Cronos los acompañe.

 

La anciana recobró el conocimiento en un edificio de apariencia idéntica al que el fuego consumió minutos antes. Si bien era cierto que su interior había permanecido deshabitado durante poco menos de un siglo, este otro inmueble no parecía haber sido víctima de un siniestro devastador.

     Frente a ella, todavía inconsciente y sujeto a su asiento mediante una serie de correas y cinturones, se encontraba el cronópata. La mujer se desencajó las agujas. Hizo lo mismo con las que lastimaban los brazos del joven. De su bolso extrajo un frasco pequeño, retiró su corcho y lo acercó a la nariz de su acompañante para obligarlo a despertar.

     El cronópata abrió los párpados lentamente. Hilos de saliva escurrieron de su boca. Aunque su visión estaba empañada, logró reconocer los aros metálicos a su alrededor. La mujer lo pateó un par de veces para que reaccionara. Cuando el cronópata consiguió sacudirse la somnolencia, ella lo tomó de un brazo y lo recostó sobre un diván cubierto de polvo. De su escote sacó una pequeña caja de aluminio que contenía una jeringa de cristal, una banda elástica y una sonda de hule para transferir la sangre a otro cuerpo o a un recipiente.

     Aseguró la banda elástica alrededor del brazo del joven, con las yemas de los dedos buscó una vena y le encajó la aguja. Después de llenar un recipiente hasta el borde, bebió la mitad de su contenido. La anciana rejuveneció en cuestión de segundos. Transfirió el resto de la sangre a su cuerpo mediante la aguja y se recostó junto al cronópata mientras la transfusión surtía el efecto deseado.

     Al poco tiempo, sus ojos se nublaron, como si una sustancia lechosa hubiera sido derramada sobre cada iris. Permaneció en trance durante varios minutos, proyectando una serie de escenas sobre la losa del entrepiso que dividía el sótano y el primer nivel del inmueble abandonado. Cuando logró volver en sí, abofeteó al cronópata para sacudirle ese aletargamiento que lo mantenía inmóvil.

     Un aguacero torrencial los recibió al salir del edificio. La apariencia de los habitantes desperdigados en las callejuelas sombrías, y amparados detrás de gruesas murallas de niebla que parecían ocupar cada rincón, no era demasiado amistosa. Todos vestían ropas oscuras. No existía entre ellos una sola prenda de un color distinto al negro. El cronópata no pudo sino sentir espanto mientras un desfile de atrocidades sucedía a su alrededor. Vio que un grupo de niños desnutridos reñía por unas cuantas piezas de pan enlodado al doblar una esquina, presenció el asesinato de una mujer cuando se rehusó a entregarle sus pocas pertenencias a un ladrón, encontró animales devorando los restos de cadáveres descompuestos y olvidados sobre las aceras. El joven cronópata apenas pudo creer lo que sucedía en ese sitio. Sobre todo le horrorizó caer en la cuenta de que nadie estaba dispuesto a ofrecer ayuda a quienes la necesitaban.

     La mujer continuó estirando una de las mangas de su camisa para que no le prestara atención a tales incidentes. Debían apresurarse para llegar al lugar indicado. Detuvo una carroza y le entregó al cochero un papel. El hombre, después de leer la dirección, le propinó una serie de latigazos a sus caballos para alejarse de la mujer y el cronópata lo antes posible. El cochero de la segunda carroza que detuvo accedió llevarlos a la dirección indicada a cambio de una cuantiosa suma de dinero; de hecho, una fortuna pequeña que la mujer pagó sin pensarlo dos veces, pues no era su costumbre negociar precios con empleados de rango menor.

     La carroza siguió una ruta serpenteante a través de un bosque oscuro. El lamento de las fieras nocturnas erizó la piel del cronópata durante el recorrido, hasta que el cochero les pidió bajarse, pues a sus caballos no les sería posible continuar el trayecto debido a la inclinación tan pronunciada de una colina, en cuya cima se hallaba plantado un castillo de apariencia intimidante. La mujer le lanzó un par de monedas más al cochero para hacerlo cambiar de parecer, pero él se las devolvió. Cuando le ofreció una mano para ayudarla a bajar de la carroza, ella le atravesó el cuello de lado a lado con una navaja y recuperó el pago inicial que había entregado. El cochero se llevó las manos a la herida para detener la hemorragia hasta que se derrumbó sobre el suelo enfangado.

     El cronópata quiso ofrecerle ayuda, pero la mujer lo detuvo. Lo miró a los ojos y después de algunos segundos de silencio castigó sus buenas intenciones con un par de bofetadas.

     Sus pies se hundieron hasta los tobillos en el terreno blando mientras trataban de negociar la inclinación de la pendiente. El joven terminó con la ropa enlodada después de resbalar varias veces, hasta que por fin llegaron al acceso principal del edificio. Tocaron una enorme puerta de madera y acero.

     El cronópata permaneció boquiabierto cuando una mujer idéntica a la que acompañaba los recibió. ¿Acaso se habían cronotrasladado y era esta otra mujer una versión anterior o futura de la que seguía de pie a su lado o, quizá, su hermana gemela? La mujer sonrió y les pidió que pasaran mediante un ademán. Los escoltó hacia el Gran Salón del castillo, donde el joven cronópata presenció algo para lo que no estaba preparado. Otro cronópata idéntico a él, recostado sobre un diván forrado de terciopelo negro, arrancaba con los dientes uvas de un racimo. Sonrió al ver el gesto de horror del recién llegado.

     —Bienvenidos a Alŧernia —dijo la mujer que los recibió.

     Entonces, el joven cronópata comprendió por qué muchos de los compañeros con quienes habitó aquel reformatorio en el Distrito XVII, también conocido como la Casa Negra, habían desaparecido en fechas recientes para nunca volver. Los cronófagos estaban utilizándolos para cronotrasladarse a ese mundo, y él sabía perfectamente que no existía manera de regresar a Cr∞n∞s.

     La recién llegada recargó su peso contra una columna cuando sintió náuseas. Enseguida vomitó la sustancia oscura que bebió antes de cronotrasladarse a Alŧernia. Al arrojar la última gota de aquella sustancia, las mujeres idénticas se desvistieron y tocaron con las plantasde sus pies el líquido derramado en el suelo, que enseguida comenzó a tomar la forma de un manto y las envolvió para crear una especie de capullo que se endureció un par de segundos después.

     Las mujeres comenzaron a gritar. Aunque aquella membrana endurecida que las encapsuló consiguió sofocar la intensidad de los alaridos, el cronópata no pudo sino suponer que eran víctimas de tormentos indecibles. No supo cómo reaccionar. Quiso ayudarlas, pero no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Finalmente, los gritos cesaron y, desde el interior, un par de manos comenzó a rasgar la membrana oscura. Dos mujeres habían quedado envueltas en aquel capullo, pero sólo una se asomó de nuevo y no existían rastros de la segunda. Ambas habían logrado fusionarse para, de alguna forma, renacer como un ser más poderoso en Alŧernia, una Hevelia Villamorta renovada.

     Ella cubrió su cuerpo desnudo con los retazos del capullo negro. El cronópata, que hasta ese momento había permanecido recostado sobre el diván, se acercó a su doble para apuñalarlo en la espalda. Hevelia Villamorta se arrodilló junto al cronópata moribundo y encajó sus dientes sobre el cuello del joven para beber la mayor cantidad posible de sangre antes de verlo morir en sus brazos.