Los Cronopolios

Luis Panini


Las Espirales del Tiempo título recto50.png

Sinopsis:

Lucas Arcos tiene trece años, vive en Ciudad Atemporia con su familia y su pasatiempo favorito es encerrarse en el sótano para leer libros antiguos, sobre todo, esos que su padre vigila celosamente y que le ha prohibido tomar debido a los temibles secretos que sus páginas guardan.

Hasta ese momento, su curiosidad intelectual lo ha mantenido con los pies firmes en la tierra y se niega a creer en cualquier asunto que no pueda ser comprobado científicamente, como viajar en el tiempo; ¿quién es su sano juicio podría considerar que eso es posible?... ¿O lo es?

Un día Lucas despierta después de un sueño perturbador y, a partir de ese momento, su vida dará un giro total que lo llevará a un mundo fantástico, repleto de personajes con poderes extraordinarios donde experimentará aventuras asombrosas que le harán darse cuenta de que el presente, sin lugar a dudas, no es la única realidad posible.

Las Espirales del Tiempo es la primera entrega de una trilogía fantástica en la que desfilan personajes tan humanos como sorprendentes en un mundo lleno de realidades alternas que desafían a las rígidas leyes del tiempo para convertirlo en uno más elástico y navegable de distintas maneras.

(A continuación te invitamos a leer el primer capítulo de la novela).



Lucas Arcos arrojó un leño más en la caldera del sótano para mantener el espacio caliente. Este era su rincón favorito de la casa durante la época invernal, porque era el menos visitado por sus padres, quienes se negaban a bajar debido al frío atrapado entre los muros de concreto. Tal refugio era lo más parecido a un reino donde la autoridad de los adultos no existía durante casi la mitad de cada año.

     Así que envuelto en cobijas y algunas veces hasta muy entrada la noche, Lucas aprovechaba esta soledad subterránea para leer toda clase de libros, especialmente aquellos almacenados en docenas de cajas que su padre ocultó bajo una cortina gruesa de terciopelo roto, la cual era tan pesada como el telón de un teatro y desprendía enormes nubes de polvo con el menor movimiento.

     Años atrás, cuando Lucas mostró interés por la lectura, incluso antes de comenzar con su educación preescolar, su padre le prohibió tomar algunos de los libros que guardaba en el sótano porque sus encuadernaciones, le explicó, eran muy frágiles o porque sus páginas se encontraban a punto de desbaratarse. Sin embargo, con trece años recién cumplidos, Lucas decidió que poseía el tacto suficiente para hojear aquellos libros tan delicados, sin comprender aún que su padre le había mentido durante todo ese tiempo.

     La razón por la cual le pidió no consultar aquellos tratados y manuales no tenía nada que ver con la fragilidad de sus empastados, sino con la información contenida en sus páginas. Su padre creía que en las manos equivocadas o inexpertas, esa información podría causar catástrofes irreparables. A pesar del gran riesgo que lo anterior representaba, el padre decidió no discutir con Lucas sobre las misteriosas temáticas de aquellos volúmenes por temor a nutrir su curiosidad, tan parecida a la de los detectives privados de sus novelas favoritas. En realidad, le habría gustado compartir con su único hijo los conocimientos que dichas obras ofrecían a los iniciados, pero también deseaba protegerlo de los numerosos desastres que los principiantes podían ocasionar con tan sólo hojear algunas de esas páginas apergaminadas. Era, en resumen, una colección de libros demasiado peligrosa, no apta para menores.

     Lucas oyó el vaivén de los pasos de sus padres mientras terminaban de vestirse en el nivel superior de la casa. En poco menos de una hora, la familia conduciría rumbo a la universidad donde su padre, un par de décadas atrás, recibió un título académico después de terminar años de estudios en el campo de la Física Teórica.

     —Aún no me queda claro a qué se dedica un físico teórico —confesó Lucas más de una vez durante su infancia.

     Su padre, antes de contestar con la misma respuesta de siempre, se rascaba la barbilla y le explicaba:

     —En pocas palabras, a observar y analizar el mundo para comprender lo que otros aún no pueden definir o demostrar. A vivir cada día un poco más con la mente y menos con el cuerpo, lo cual, según me ha dicho más de una persona, puede resultar un tanto aburrido, sobre todo si prefieres broncearte en la playa o perseguir luciérnagas en el campo.

     Cuando adivinó los pasos de su padre cerca de la puerta del sótano, Lucas se sacudió el cabello para deshacerse del polvo desprendido por un viejo libro que leía en ese instante, el cual disfrazó mediante el forro de un libro distinto, uno sobre postres para las fiestas decembrinas. El padre bajó lentamente unos cuantos peldaños de la escalera con la intención de sorprenderlo.

     —No estás leyendo uno de los libros prohibidos, ¿verdad?

     —Por supuesto que no.

     —¿Y me puedes decir desde cuándo te interesa la repostería?

     —Faltan muy pocos días para la cena de Navidad, quiero ayudar a mamá en la cocina.

     —Ya veo... Entonces no te molestará cerrar el libro y decirme cuál receta consultabas.

     Lucas obedeció la orden y tragó saliva antes de atreverse a responder:

     —Pastelillos de cabello de ángel.

     —¿Ingredientes? —El padre quiso indagar un poco más.

     La memoria fotográfica de Lucas consiguió sacarlo del tremendo aprieto:

     —Manteca, harina, huevos, azúcar, ralladuras de limón y un chorrito de jerez.

     —Suena delicioso. Es una lástima que tendré que esperar algunos días para poder saborearlos. Mientras tanto, ve por tu abrigo porque estamos a punto de salir.

     —Pero todavía es muy temprano.

     —Ha comenzado a nevar. Nos tomará más de dos horas llegar al evento. La doctora Yuko detesta la impuntualidad.

     Lucas miró hacia la única ventana elevada del sótano por la cual sólo podían distinguirse una parte de la acera y las piernas de los peatones apresurados. Alcanzó a ver las de un hombre vestido de pantalón y gabardina de color negro que caminaba de un lado a otro, sin cesar, como si estuviera nervioso o esperando la llegada de otra persona. Una buena cantidad de copos de nieve ya se había acumulado y descansaba contra el cristal. Lucas pensó en lo cómodo que sería permanecer bajo las cobijas leyendo un libro de aventuras o sucesos paranormales.

     —No me siento muy bien, creo que tengo un poco de fiebre. Será mejor que me quede a descansar.

     El padre se acercó para tocarle la frente con el dorso de la mano. Después pronunció su decisión:

     —Lo mejor será que vayas por tu abrigo en este mismo instante si no deseas que tus libros comiencen a desaparecer por docenas. Además, le prometí a la doctora Yuko que este año nos acompañarías. Está muy ilusionada. No la decepcionemos.

     —Dime una vez más de qué se trata esta reunión.

     —Vamos a conocer a personas que han logrado viajar en el tiempo.

     Una sonrisa enorme dividió el rostro de Lucas.

     —Ni tú mismo lo crees. La cronotraslación es imposible, al menos en la vida real.

     —Tu escepticismo me sorprende.

     —Si viajar en el tiempo fuera posible, ¿no crees que ya nos habríamos dado cuenta? Seguramente podríamos distinguir con gran facilidad a quienes provienen del futuro.

     —Quizás están disfrazados porque no desean ser descubiertos, Lucas. Y Ciudad Atemporia no es el sitio más excitante. Si yo pudiera viajar en el tiempo, escogería otro lugar.

     —Ya no me hables con ese tono, como si fuera un niño. Cumplí trece años hace un mes.

     —Te propongo algo: si ningún viajero del tiempo atiende al evento de la doctora Yuko, entonces yo mismo te demostraré cómo es posible hacerlo.

     —¿Viajar en el tiempo?

     —Exacto.

     —Suena un poco a fraude, pero está bien. Acepto tu propuesta con una condición.

     —Te escucho.

     —Si al regresar a casa aún no sé cómo viajar en el tiempo, entonces me darás permiso para leer los libros que ocultas en este sótano. Y me refiero a todos, incluyendo los que guardas bajo llave.

     Su padre decidió tomar el libro que su hijo leía minutos antes. Al hojearlo, descubrió que, tal y como lo sospechaba, el forro sólo era eso, un pedazo de papel para disimular el verdadero contenido de las páginas, las cuales pertenecían a uno de los tantos libros prohibidos. Sonrió, a pesar de estar un poco enfadado debido a la mentira. Antes de subir, contempló al hombre del atuendo oscuro, aunque sólo pudo ver sus piernas caminando de un lado a otro junto a la ventana, como una bestia salvaje en el interior de una jaula demasiado pequeña.

Una gruesa sábana de nieve cubría el paisaje en ambos lados de la autopista. El tránsito avanzaba con una lentitud capaz de enfurecer incluso a los automovilistas más precavidos y pacientes. El sueño venció a Lucas durante la mayor parte del trayecto. Su padre lo vio despertar a través del espejo retrovisor mientras tomaba la salida más cercana a la universidad. Frotó sus párpados antes de abrirlos por completo. Se sintió decepcionado al descubrir que aún no habían llegado a su destino.

     —¿El lugar al que vamos está en el fin del mundo?

     —No exageres, Lucas. Nos ha tomado poco menos de tres horas. Ya casi estamos ahí.

     —Tu papá me ha dicho que planeas hornear un pastel para la cena de Navidad —dijo su madre—, lo cual me parece estupendo porque yo tengo una lista interminable de pendientes y no creo contar con tiempo para preparar el postre, sobre todo uno tan difícil. ¿Cómo dices que se llama, Orlando?

     Le gustaba oír la voz de su madre justo después de despertar. Su tono melódico y reconfortante lo ponía de buen humor cada mañana, incluso los lunes.

     —Según Lucas, pastelillos de cabello de ángel.

     —Qué receta tan ambiciosa. —Su madre compartió con él una sonrisa cómplice.

     —¿Ya llegamos? —Lucas trató de cambiar el tema de la conversación, sobre todo porque no recordaba en ese momento la lista completa de los ingredientes que le había recitado a su padre apenas unas horas antes. Aún se sentía un poco adormilado: necesitaba un par de minutos para abandonar el reino de los sueños e instalarse en el mundo real.

     —Hemos llegado —dijo su padre—. Quiero que te comportes esta noche. Trata de poner atención durante el discurso de bienvenida de la doctora Yuko. No bosteces frente a ella, aunque te sientas aburrido.

     —¿Discurso de bienvenida?

     —Así es. Cada año, la doctora Yuko organiza esta reunión para darles la bienvenida a los viajeros del tiempo. Es una tradición que se ha prolongado durante veinte años. La inició cuando yo era su estudiante y es el evento que marca el inicio del receso académico invernal.

     Lucas y sus padres buscaron un camino libre de nieve para dirigirse al lugar donde ocurriría el evento. El interior del edificio los recibió con un soplo cálido que logró sacudirles el frío después de caminar más de cinco minutos a través de una vereda serpenteante y algo resbalosa. Los inviernos de Ciudad Atemporia eran feroces, dignos de ser habitados por osos polares o pingüinos.

     La concurrencia no era demasiado numerosa. Un pequeño grupo de personas se encontraba alrededor de una mesa con un par de botellas de licor, una jarra de té y canapés de aspecto desabrido.

     —Cada año asiste menos gente y, por lo que veo, la mayoría son detractores —le susurró el padre de Lucas a su esposa.

     —La perseverancia y convicción de la doctora Yuko son admirables —dijo la madre de Lucas—. Deberías hablar con ella de una vez por todas, proporcionarle algún dato insignificante, algo para animar su esperanza.

     —Bien sabes que no puedo hacerlo. Además, dudo que esté a punto de darse por vencida. Ya más de una vez hemos entorpecido su investigación porque se encontraba a punto de dar con la verdad e incluso así continúa en pie de guerra. Aún no es el momento apropiado para que un acontecimiento de esta magnitud se dé a conocer. No están listos.

     Penélope Arcos no pudo dejar de sentirse un poco culpable por algunos de los fracasos de la doctora Yuko, pero su esposo tenía razón. La adquisición de ciertos conocimientos podría comprometer el equilibrio natural de Ciudad Atemporia. Sus habitantes aún no se encontraban preparados para enfrentarse con posibilidades que la mayoría suponía absurdas o imaginarias, incluyendo el mismo Lucas.

     —Orlando, Penélope. —La temblorosa voz de la doctora Lucy Yuko atravesó el salón de eventos.

     Los padres de Lucas se acercaron para abrazarla y besarle ambas mejillas.

     —Sabía que vendrían. Este evento no sería lo mismo sin ustedes.

     —Es un honor, doctora. ¿Cómo se encuentra, qué tal sus investigaciones? ¿Algún dato interesante que reportar? —intentó averiguar el padre de Lucas.

     —Yo estoy bien. Lamentablemente no puedo decir lo mismo sobre mi trabajo. Hace un par de meses, justo cuando estaba lista para poner a prueba un modelo teórico que me tomó casi tres años formular, el equipo de cómputo sufrió una serie de fallas y perdí información muy valiosa. Despedí a mis asistentes. No puedo tolerar ese tipo de errores, sobre todo a mi edad. No sé cuánto tiempo más podré seguir investigando.

     —¿Alguna vez ha pensado en renunciar? —La voz de Lucas estremeció a la doctora Yuko. Sus padres apenas podían creer su tono insolente, sobre todo ante una persona tan bondadosa y amable.

     —Supongo que tú eres Lucas Arcos. —La doctora estrechó su mano—. He oído mucho sobre ti, sobre tu intelecto y curiosidad. —Cruzó los brazos—. Impresióname —le ordenó.

     —No la entiendo. ¿Cómo puedo impresionarla?

     —Algunos me acusan de ser una sabelotodo. Tengo un doctorado en Física Teórica, otro en Astrofísica y uno más en Ciencias Matemáticas. Dime algo que no sepa.

     Los padres de Lucas sonrieron. Por fin alguien se atrevía a desafiarlo.

     —No sé qué decirle.

     —Eso no me impresiona demasiado.

     —Está bien. —Lucas pensó en una pregunta que supuso que a la doctora le sería imposible responder—. ¿Cuántas veces palpita el corazón de un erizo por minuto?

     —Trescientas.

     —¿Cómo lo supo?

     —Impresióname.

     —¿Es verdad que el cuerpo humano cuenta con doscientos seis huesos?

     —Sólo en la edad adulta. Nacemos con doscientos setenta.

     —¿Cuántos músculos tiene la trompa de un elefante?

     —Casi cuarenta mil, depende de la especie.

     —¿Cuál es el promedio de arañas que una persona come cada año?

     —¿Por voluntad propia?

     —Por supuesto que no. —Lucas sacó la lengua para manifestar su asco—. ¿A quién le gustaría comer arañas?

     La doctora Yuko se llevó una mano hacia la barbilla mientras pensaba en la respuesta.

     —Once.

     —Incorrecto. La respuesta es cero. Todos esos reportajes sobre el número de arácnidos que una persona consume en un año mientras duerme son leyendas urbanas.

     —Entonces, ¿tú no crees que una araña puede meterse en la boca de una persona dormida?

     —Yo no dije eso. Es probable que una araña se meta en la boca de alguien mientras duerme, pero no es la norma, sino un caso aislado y absolutamente excepcional.

     —Al parecer, prefieres los hechos comprobables. ¿Cuál es tu opinión sobre la posibilidad de viajar en el tiempo?

     —Imposible.

     —¿Por qué tan seguro?

     —Muéstreme a los viajeros del tiempo.

     —Para eso estamos aquí, Lucas. Para darles la bienvenida. —La doctora Yuko señaló hacia un anuncio gigantesco que colgaba encima de un escenario. Lucas leyó las letras enormes escritas en cursiva: «¡Bienvenidos, Viajeros del Tiempo!».

     —¿A cuántos ha conocido?

     La doctora mordió su labio inferior antes de atreverse a responder:

     —A ninguno.

     —No me impresiona saberlo.

     Las últimas palabras de Lucas provocaron un silencio incómodo. Su madre le apretó un hombro cuando estuvo a punto de hablar nuevamente, para indicarle que no lo hiciera.

     —Ha sido un verdadero placer conocerte, Lucas —dijo la doctora Yuko—. Me alegra tener una mente como la tuya entre los miembros de la audiencia. Ahora, con tu permiso, debo comenzar la ceremonia de bienvenida; son casi las ocho en punto.

     Lucas se arrepintió tras comportarse de forma tan maleducada frente a una mujer que podía ser su abuela. Al final de la discusión, los ojos enormes de la doctora, detrás de esos anteojos gruesos, le parecieron infinitamente tristes y cansados.

     —No fue mi intención insultarla —dijo a su padre a manera de disculpa y después inclinó la cabeza hasta que su madre le acarició el cabello.

     —Dudo que hayas podido insultarla, Lucas —supuso la madre—, pero tal vez este es un buen momento para rectificar tu tono cuando conversas con ciertas personas.

     —No necesitas dejar de expresar tus opiniones —aseguró su padre—. Sólo trata de ser un poco más... No lo sé, ¿diplomático?

     La doctora Lucy Yuko tropezó al subir al escenario. Varios espectadores contuvieron la risa y Orlando Arcos se acercó para preguntarle si se encontraba bien. A Lucas le incomodaron esas risillas disimuladas. Aunque durante un brevísimo segundo sintió lástima por la doctora, muy pronto esa sensación se transformó en admiración y respeto. Después de todo, ¿a cuántas personas capaces de confrontar a sus críticos de una manera tan abierta y pública conocía?

     La doctora golpeó un par de veces un micrófono no sólo para comprobar si estaba encendido, sino también para llamar la atención de los presentes.

     —Qué noche tan maravillosa. —Su voz se apoderó del espacio—. Antes de comenzar, me gustaría agradecer la presencia de cada uno de ustedes por asistir a esta reunión a pesar del clima tan inclemente. Hoy es un día muy especial para mí por dos razones. La primera es porque precisamente esta reunión marca el vigésimo aniversario de lo que, para bien o para mal, se ha convertido en una tradición universitaria. Entre ustedes distingo rostros que me han acompañado desde el inicio. Gracias por su dedicación y paciencia. A continuación explicaré de manera muy concisa en qué consiste este evento para quienes nos acompañan por primera vez. En las últimas semanas y meses he publicado una serie de avisos de ocasión en periódicos de circulación local y nacional a manera de invitación oficial para que los viajeros del tiempo que deseen acompañarnos se presenten en este lugar a las ocho en punto del día de hoy. —Esta vez los críticos no disimularon sus burlas, más de una carcajada hizo eco en el salón de eventos—. Comprendo perfectamente a quienes desconfían de mi trabajo. Sin embargo, mis investigaciones más recientes indicaron la posible existencia de una especie de, a falta de un mejor término, «manto temporal». —Lucas detectó un poco de ansiedad en las miradas que intercambiaron sus padres—. Desafortunadamente, este modelo teórico que me tomó casi tres años desarrollar ha desaparecido entre las telarañas del mundo digital. Aún no comprendo la falla, pero lamento decirles que incluso la información respaldada se ha evaporado. Es como si nunca hubiera existido.

     —Quizá nunca existió —dijo uno de los espectadores y otros aplaudieron el comentario, pero la doctora prefirió ignorar aquellas palabras.

     —Es importante creer en algo —prosiguió con el discurso—, sobre todo si uno mismo tiene la certeza de que no se trata de una mera posibilidad, sino de una verdad incuestionable, lo cual me da la oportunidad de explicar la segunda razón que hace a este día uno muy especial. Hace apenas unos minutos tuve la fortuna de conversar con una de las mentes más brillantes desde que inicié mis estudios universitarios. No diré el nombre de esta persona para evitar avergonzarla en público, pero quiero dedicarle unas palabras. No busco viajeros del tiempo por capricho personal, aunque no negaré que me encantaría ver los rostros de algunos de mis colegas cuando por fin consiga hacerlo, sino porque creo en la posibilidad de la cronotraslación. Nunca he sido partidaria de la opinión general, por más popular que sea. No me interesa la norma; sólo busco un caso aislado y absolutamente excepcional. —Lucas estaba sonrojado y boquiabierto cuando la doctora repitió las mismas palabras que él pronunció mientras conversaron algunos minutos antes. La doctora Yuko acababa de estimar su mente como brillante frente a más de una docena de profesionales en el campo de la Física Teórica.

     —¿Has olvidado cómo respirar? —preguntó su padre al verlo inmóvil.

     La doctora Lucy Yuko terminó la ceremonia de bienvenida con la acostumbrada cuenta regresiva del diez al cero. Antes de comenzar a contar, le pidió al intendente en turno apagar algunas luces para crear una atmósfera un poco más misteriosa. Durante los últimos segundos Lucas sintió cómo se electrizó el aire del lugar debido a la anticipación del público. Tragó saliva, su mandíbula temblaba. Casi al final creyó que un individuo se materializaría de la nada o envuelto en una nube de humo sobre el escenario. Incluso los críticos más feroces guardaron silencio.

     El escenario permaneció vacío. La doctora Yuko consultó su reloj de pulsera para verificar la hora.

     —Doctora —la llamó uno de sus colegas—, después de veinte años de fracasos rotundos me parece terrible que una institución tan respetable como esta siga destinando fondos a sus teorías absurdas. Si alguna vez sus ideas les parecieron dignas de interés a unos cuantos, ahora sólo cuentan con la misma credibilidad que puede dedicársele a las habladurías de un loco. ¿Por qué no se rinde de una buena vez?

     Penélope Arcos se llevó una mano al pecho cuando la mayoría de los asistentes celebró el comentario del crítico. La doctora Yuko se sintió humillada, pero intentó disimular esa sensación mediante una sonrisa.

     —¿Esto es normal? —preguntó Lucas a su padre en voz baja.

     —Casi siempre ocurre —respondió—. La doctora es una mujer mucho más tenaz de lo que aparenta. Las críticas negativas nunca han logrado desalentarla. Va a estar bien. No te preocupes.

     Lucas y sus padres se acercaron a la doctora para despedirse de ella porque el clima no mejoraba y el camino de regreso a casa sería largo y complicado.

     —Siento mucho haberte decepcionado, Lucas —dijo la doctora—. Al parecer, ningún viajero del tiempo aceptó mi invitación. Quizá mi colega tiene razón. Soy una anciana y temo que mis ideas comiencen a ser interpretadas como un producto de la vejez.

     —Yo no creo que esté loca. —Lucas trató de aliviar el desconsuelo de la doctora Yuko—. La posibilidad de viajar en el tiempo es un tema un poco excéntrico y muy difícil de creer, sobre todo por la falta de casos aislados y absolutamente excepcionales. Odio tener que decirle esto, pero dudo que algún día conozca a un viajero del tiempo, aunque organice este evento durante los próximos cien años.

     —Es suficiente, Lucas —interrumpió su padre.

     —Gracias por tu honestidad —dijo la doctora antes de darle un beso en la mejilla.

     —Según yo, es muy posible que sí hayan acudido a esta reunión uno o más viajeros del tiempo —opinó Orlando Arcos e intercambió una mirada muy peculiar con su esposa; era la segunda vez en esa noche que Lucas los veía comunicándose sin la necesidad de hablar—, pero quizás están disfrazados o son demasiado tímidos, doctora. De todas formas, fue una velada emocionante y seguramente volveremos a verla el próximo año.

Fuera, una sábana blanca seguía cubriéndolo todo. El cielo estaba despejado y la luna lucía mucho más grande de lo habitual. La vereda por la que caminaron antes, ahora se encontraba repleta de nieve. A la madre de Lucas le costó trabajo caminar con sus tacones mientras se dirigían al automóvil, así que su esposo decidió llevarla en sus brazos. Lucas desvió la mirada. Le incomodaba que sus padres escenificaran ese tipo de momentos románticos en público y frente a él.

     El trayecto de regreso a casa resultó mucho más sencillo. El tránsito había disminuido de manera considerable y el Departamento de Vialidad de Ciudad Atemporia, encargado de limpiar la nieve acumulada sobre las arterias principales de circulación, poseía una eficiencia tan sólo encontrada en la relojería suiza.

     —¿Me pueden decir lo que saben sobre viajes en el tiempo? —preguntó Lucas, mientras su padre intentaba adivinar quién era el compositor de la melodía que en ese momento reproducía una estación de música clásica.

     —Seguramente es Mozart. —El padre decidió ignorar la pregunta de su hijo.

     —¿A qué te refieres? —Quiso saber su madre.

     —Toda la noche estuvieron intercambiando miradas demasiado misteriosas cada vez que se mencionó el tema de la cronotraslación. Sólo tengo trece años, pero no estoy ciego. Y no es Mozart, sino Beethoven, el segundo movimiento de su Sinfonía n.° 3, para ser exactos.

     —¿Cómo es posible que lo sepas? —preguntó su padre.

     —¿Cómo es posible que después de escucharla más de diez veces aún ignores quién es el compositor?

     —No seas grosero —lo reprendió su madre.

     —No todos poseemos la habilidad de memorizar toda la información que recibimos, Lucas. Quizá tú eres un caso aislado y absolutamente excepcional.

     —Precisamente a eso me refiero. —Las últimas palabras de su padre lo enfadaron—. A ese tono condescendiente, a las indirectas, a las explicaciones a medias, a la manipulación constante. Yo sé cuándo mienten, cuándo intentan disfrazar la verdad. Estoy cansado de que me traten como a un recién nacido.

     El padre de Lucas bajó el volumen a la sinfonía de Beethoven.

     —¿Quieres aprender cómo viajar en el tiempo?

     —Orlando. —Su esposa intentó interrumpirlo.

     —¿De verdad es posible? —preguntó Lucas.

     —Por supuesto. Ahora te diré cómo viajar hacia el pasado, pero primero debes cerrar los ojos.

     Lucas obedeció de inmediato. La sola idea de trasladarse a un tiempo distinto lo entusiasmaba, aunque dudaba de tal posibilidad.

     —Primero necesitas concentrarte —explicó su padre—. Piensa en cómo está dividido el tiempo. Comienza con un milenio y luego desmenúzalo hasta llegar a la unidad más breve que conozcas.

     —Un milenio está compuesto por diez siglos —dijo Lucas, con los ojos aún cerrados—; un siglo tiene cien años; un año tiene doce meses; la duración de un mes es variable, pero el promedio es de treinta días; un día tiene veinticuatro horas; una hora tiene sesenta minutos; un minuto cuenta con sesenta segundos, y un segundo... No sé cómo dividir un segundo.

     —Es un excelente comienzo —lo alentó el padre—. Ahora intentemos calcular cuántos segundos tiene cada una de esas medidas de tiempo que has mencionado.

     Lucas comenzó:

     —Un minuto tiene sesenta segundos. Una hora tiene... 3 600. Un día... —Lucas no pudo realizar el cálculo mental.

     —Un día tiene 86 400 segundos. Un año 31 536 000 —continuó el padre.

     —¿Cómo es posible que sepas ese tipo de información? —Lucas abrió los ojos.

     —Es pura matemática. Cierra los ojos o perderás la concentración. Un siglo cuenta con 3 153 600 000 y un milenio con 31 536 000 000 segundos.

     —Es increíble. No tenía la menor idea de que podías realizar ese tipo de cálculos.

     —Ahora quiero que visualices a esos segundos como si cada uno fuera un punto luminoso flotando a tu alrededor en un espacio enorme y de color negro. Sólo inténtalo. Déjate envolver por la luz que se desprende de cada uno de ellos. Dime cuando lo hayas logrado.

Lucas se imaginó rodeado por miles de luces diminutas.

     —Ya lo conseguí.

     —Ahora debes recordar un momento en tu pasado, un momento feliz que te acompañará siempre.A Lucas le tomó un instante recordar su primera visita al Museo de Historia Natural de Ciudad Atemporia, ese momento cuando de la mano de su padre vio por primera vez el esqueleto monumental de un dinosaurio. Sin embargo, prefirió no admitirlo y por eso reveló en voz alta un recuerdo diferente, uno sobre la Navidad en que le regalaron su primer juego de química.

     —Ahora cuenta lentamente del número diez al cero y, al terminar, abre los ojos —explicó su padre.

     Cuando alzó los párpados, Lucas descubrió que seguía estancado en el mismo tiempo, dentro del automóvil.

     —¿Qué tal te fue en el pasado? Emocionante, ¿no lo crees?

     —No funcionó, todavía estoy aquí.

     —Por supuesto que funcionó —lo corrigió su padre—. Recordar momentos específicos es una forma de viajar hacia el pasado.

     La cólera que Lucas sintió en ese momento ni siquiera le permitió hablar. Su silencio se prolongó durante varios minutos.

     —¿Todo bien? ¿O todavía no te recuperas de tu primer viaje en el tiempo?

     —Orlando —le reprochó su esposa.

     —¿Te gustaría visitar el futuro? —Su padre continuó la charla.

     Lucas tomó un respiro profundo.

     —Está bien, dime cómo hacerlo.

     —Necesitas cerrar los ojos una vez más.

     —No tengo la intención de recordar nada.

     —Para viajar hacia el futuro no hay necesidad. Lo primero que debes hacer es contar del número uno al diez. Después abre los ojos, pero hazlo lentamente, yo me encargaré del resto.

     Lucas cerró los ojos y realizó el conteo en voz alta. Su padre lo vio en el espejo retrovisor cuando volvió a abrirlos y detectó un poco de resentimiento en su mirada.

     —Bienvenido, has viajado diez segundos hacia el futuro. —La sonrisa de su padre desafió los límites de su paciencia.

     —Sólo te permití burlarte de mí para comprobar que en verdad no tienes la menor idea de cómo viajar en el tiempo por dos razones: es imposible y ahora sí podré leer todos los libros que guardas en el sótano. Necesitaré la llave tan pronto lleguemos a casa.

     —Pero sí viajaste en el tiempo —dijo su padre. Lucas prefirió no responder—. En cuanto a la llave se refiere, me temo que no podré entregártela.

     —Entonces romperás tu promesa. Lo único que hiciste fue mentirme y desperdiciar mi tiempo. Jamás volveré a confiar en ti, mucho menos te acompañaré a las reuniones de la doctora Yuko. Tú y esa mujer necesitan ayuda psiquiátrica lo más pronto posible.

     —¿No vas a reprenderlo? —preguntó Orlando Arcos a su esposa.

     La madre de Lucas permaneció callada durante varios segundos. No podía culpar a su hijo por reaccionar de esa manera después del trato tan irrespetuoso al que fue sometido, pero después rompió el silencio.

     —Se lo prometiste.

     —Y él me dijo hace unas horas que no estaba leyendo uno de los libros prohibidos, sino uno de repostería para ayudarte con la cena de Navidad, así que ambos somos unos mentirosos.

     Nadie más habló durante el resto del camino a casa. Al llegar, Lucas se encerró en su habitación y lo primero que hizo fue escribir en la parte superior de una hoja de papel el siguiente título: «Diez razones por las que odio a mi padre». Media hora después, el padre tocó a la puerta de su habitación, llevaba en una mano un vaso de chocolate caliente y en la otra un par de galletas.

     —No tengo la menor intención de hablar contigo. Déjame en paz. —Al final de esas palabras, Lucas empujó a través de la ranura entre el borde inferior de la puerta y el suelo alfombrado la lista que escribió durante los últimos minutos. Su padre la recogió y, unos segundos después, Lucas oyó sus pisadas alejándose.

     Aquel gesto tan desagradable le impidió conciliar el sueño. Decidió levantarse un par de horas después para disculparse con su padre. El remordimiento simplemente no lo dejaría dormir hasta obtener su perdón. Abrió la puerta de la habitación principal, pero sólo alcanzó a distinguir la silueta de su madre dormida. Buscó a su padre en el resto de la casa, en la cocina, en su estudio. Después reparó en una luz muy intensa que rodeaba a la puerta del sótano. Su padre estaba ahí, hablando con alguien. Lucas no pudo oír la conversación. Giró la perilla y empujó la puerta muy despacio. Entonces escuchó a su padre decir:

     —La doctora Yuko no tiene nada nuevo que reportar; sus investigaciones y teorías más recientes han sido eliminadas por completo; no podrá recuperar la información. Todo está bajo control.

     —Orlando, alguien nos escucha. —Lucas no pudo reconocer la otra voz. Enseguida, el sótano se oscureció y su padre lo descubrió al pie de la escalera.

     —¿Con quién hablabas a esta hora? —Por primera vez, Lucas detectó preocupación en el rostro de su padre.

     —Con un viejo amigo. Ahora vete a dormir, Lucas. Es demasiado tarde.